El jardin vacio El jardin vacio Una profunda reflexion sobre la conciencia, la inseguridad y la perdida. .En que momento de la vida se deciden las circunstancias que luego van a marcar sus limites? Roman emprende un sordido viaje por las ruinas de su memoria, a traves de la crueldad que acompana al paso del tiempo, hacia la conciencia implacable de que lo que les ocurrio a los otros es mas determinante que lo que le paso al que recuerda... «Tan desazonante pero, a veces, tan irremediablemente hermosa en esas evocaciones, casi cinematograficas, diluidas mas alla del recuerdo que quiere explicarse a si mismo. Una novela que parece querer contenerse en sus propios elementos que, nacidos de un narrador de excepcional talento, resultan al fin dificilmente constrenibles.» El Pais «El jardin vacio es dificilmente superable, pues no me parece posible escribir algo mas hermosamente triste sin perecer.» La Vanguardia Punto de lectura 978-84-663-2012-2
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El jardin vacio

  • Автор: Juan Jose Millas
  • Мягкий переплет. Крепление скрепкой или клеем
  • Издательство: Punto de lectura
  • Серия: Coleccion Narrativa
  • Год выпуска: 2007
  • Кол. страниц: 224
  • ISBN: 978-84-663-2012-2
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Una profunda reflexion sobre la conciencia, la inseguridad y la perdida.
.En que momento de la vida se deciden las circunstancias que luego van a marcar sus limites? Roman emprende un sordido viaje por las ruinas de su memoria, a traves de la crueldad que acompana al paso del tiempo, hacia la conciencia implacable de que lo que les ocurrio a los otros es mas determinante que lo que le paso al que recuerda...
«Tan desazonante pero, a veces, tan irremediablemente hermosa en esas evocaciones, casi cinematograficas, diluidas mas alla del recuerdo que quiere explicarse a si mismo. Una novela que parece querer contenerse en sus propios elementos que, nacidos de un narrador de excepcional talento, resultan al fin dificilmente constrenibles.» El Pais
«El jardin vacio es dificilmente superable, pues no me parece posible escribir algo mas hermosamente triste sin perecer.» La Vanguardia
Отрывок из книги «El jardin vacio»
1
El perro aun vivia. Parecia haber estado esperandolo
durante meses a la entrada de la calle, pues se levanto
al distinguirlo y empezo a caminar delante de el como si
ya supiera que habria de seguirle. Pronto llegaron a la
calle principal en una de cuyas casas, en el alfeizar de una
de las ventanas, habia tres geranios que eran como el rescoldo
de una hoguera, cuando ya han ardido las vigas
principales y el fuego comienza a decrecer.
Entraron en la oscuridad y el perro se acomodo en
algun rincon conocido. Roman adapto sus pupilas a la
sombra y comenzo a buscar entre los bultos. Primero
oyo un ronquido y, en seguida, una orden:
—Enciende la luz.
—No encuentro el interruptor.
—No lo hay. Ahi, a tu derecha, salen dos cables de
un agujero. Unelos.
Se acerco al agujero y tanteo la proximidad en busca
de los hilos; con las dos manos los junto y cerro el circuito.
Una bombilla desnuda se encendio en alguna parte
del techo. Los cables estaban retorcidos de manera que
se adaptaban con facilidad, y bastaba una presion lateral
para desunirlos. El forro, de tela, estaba algo podrido.
—Dormias —afirmo con cierto tono de disculpa.
—Me moria de frio. Tu, perro, echate aqui encima.
Al menos sirve para calentarme la tripa.
Roman miro a la vieja y esta cerro los ojos. El perro,
tambien. La ventana de los geranios estaba condenada
por dos vigas de madera que apuntalaban desde el vano la
parte superior del muro; los puntales parecian estar algo
combados. Bajo la ventana habia un cochecito de nino muy
antiguo, en cuyo interior se advertian numerosos compartimentos
hechos con tablas finas, soldadas entre si con
engrudo; uno de estos compartimentos estaba ocupado
por velas de distinto tamano, la mayoria sin usar. Los muebles
eran escasos, aunque grandes, y estaban distribuidos
por la habitacion como si su habitante sospechara la posibilidad
de un asedio. Antes de alcanzar a la vieja, que roncaba
de nuevo sobre el sillon del fondo, era preciso sortear una
antigua comoda, a la que le faltaban dos cajones, un aparador
tripudo, sin vitrina, y dos sillas desfondadas en las que
el asiento habia sido sustituido por una chapa de madera.
Tambien habia un par de cajones de embalaje cubiertos
con una tela amoratada procedente de una vieja colcha.
Roman se sento sobre un cajon y encendio un cigarro.
Dijo una frase entera y coherente; un juicio acerca
del estado general del barrio, pero ni la vieja ni el perro
abrieron los ojos. Se levanto y, tras de sortear cuidadosamente
los obstaculos, paso ante la vieja y penetro en un
pasillo sin luz por el que se accedia al resto de las habitaciones.
En la primera, despues de tantear la pared, encontro
un conmutador de los de llave a cuyo giro se encendio
una bombilla cubierta de polvo. La ventana aparecia
tabicada, pese a lo cual parte del muro se habia venido
abajo habiendo sido sustituido en su momento por una
chapa de hierro, procedente de un bidon desechado, entre
cuyas rendijas se veian jirones de la dudosa tarde.
Amontonados en un rincon, estaban los cascotes de la
rotura y junto a ellos, como unico mueble, una silla de
ruedas con apariencia de insecto debido a las formas
delgadas y fragiles de su hechura. Los radios de las enormes
ruedas estaban oxidados y rotos, sobresaliendo muchos
de ellos del resto del volumen como antenas, o como
aguijones dispuestos para la defensa. Dejo caer el
cigarro y lo piso al tiempo que apagaba la luz.
Avanzo de nuevo por el pasillo sin prestar atencion
al resto de las habitaciones ni a la escalera que se abria a
su izquierda hasta alcanzar la puerta del fondo. Salio al
patio y contemplo desde el dintel el resplandor confuso,
vacilante ya, del cielo. Camino algunos pasos por la zona
cubierta de cemento y entro en la tierra. Apoyada en la
acacia, habia una puerta estrecha y alta; un armazon de
madera relleno de pequenos huecos cuadrados en los que
aun quedaban restos de un cristal rugoso y traslucido.
Metio el pie en uno de estos huecos haciendo saltar los
restos del cristal. Las lilas no tenian flores y sus ramas permanecian
inclinadas por la presion que el muro ejercia
sobre los arbustos. En los alrededores del laurel tropezo
con algo oculto entre las hojas y los cardos. Inclinandose
un poco, toco primero y adivino despues los restos de
una balaustrada cuya superficie estaba parcialmente cubierta
de moho.
(…)

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